Telefono rojo volamos a Mordor


El interminable viaje por Wikipedia, siguiendo el camino de las letras azules.

Dicen que uno de los mayores problemas a los que nos enfrentamos en un futuro no tan lejano, es la cantidad ingente de información que circulará por la red, datos en muchos casos sin contrastar, y opiniones sin firmar. Un galáctico archivador sin índice, una sobredosis de lecturas contradictorias que crearán realidades de cartón.
De momento podemos conformarnos con las buenas intenciones de Wikipedia, por su loable intento de indexar el conocimiento humano y por su vocación por huir de las verdades absolutas. Su interesante funcionamiento de auto regulación de la sinceridad que permite la edición de artículos desde múltiples puntos de vista, me recuerda a esos chismes de auto sedación que usan en los hospitales para que cada paciente negocie su dolor a base de chutes de morfina. Al principio decían ¡que locura, se meterán sobredosis de calmante!, la realidad demostró que los pacientes se regulan perfectamente e incluso consumen menos de lo que recetaría un médico. Así que por no creer en los chutes de sinceridad espontanea de la humanidad.
Sin embargo sigo pensando en el desconocimiento que me genera este pozo caótico de sobreinformación, rebosante de enlaces que apuntan hacia otros enlaces, a su vez enlazados con la cola de una pescadilla doctorada en conocimiento humano.
Pondré un ejemplo. Entro un día cualquiera en un google normal y corriente, busco algo de un tal JRR Tolkien e irremisiblemente acabo orillando en el Wiki rio. Una vez allí comienzo a explorar la ribera y voilà, de repente aparezco en medio del estado independiente de Orange y ya puestos me voy a visitar al amigo Mandela, y acabamos hablando de una peli de rugby.
Pero no puede ser-me digo- yo solo quería saber del señor ese que escribió de un anillo.-
Así que vuelvo al origen de mi búsqueda y haciendo un ejercicio de voluntad resisto la tentación de escuchar a las tipográficas sirenas azules, cuando de repente aparece Stanley Kubrick, y su digamos curiosa idea de crear su propia versión del señor de los anillos interpretada por los Beatles. ¿Se imaginan al cuarteto de la tierra media, dando un concierto desde la azotea de Minas Tirith, mientras miles de bestias inmundas corean histéricas estribillos de paz y amor?. Y empecé a rememorar el estupendo vals espacial de la interminable odisea de ver un filme psicotrópico, sin la ayuda de algún estupefaciente (estoy convencido que el puñetero monolito flotante es una alusión al hachís y sus efectos).

En definitiva que ahora divago por el ideario visual de Kubrick y si me preguntan por El hobbit, sólo podré responder, que los Stones serían unos estupendos señores oscuros.
¿Qué hago con toda esa información? La respuesta es un raro coctel de saber un poco de muchas cosas. Por más que lo intento creo que es imposible profundizar en algún tema con Wikipedia. No sé si yo he leído lo que buscaba, o lo sí por el contrario he sido leído por algún ente extraño.

Dostoievsky y la Araña


El crimen no fue tal y el castigo, impuesto por un ciclópeo palito, fue una invitación al desierto cultural.


Todo parecía indicar que se había cometido un aracnicidio. El cuerpo descansaba en el confortable suelo de madera, con su redondo trasero apoyado en una gigante pared de láminas de papel amarillentas, que conformaban un sólido, y por qué no decirlo, entretenido mamotreto. El bichito en cuestión, sin nombre conocido, parecía una mancha de café en una vieja y "estornudil" edición de Crimen y castigo que reposa en mi caótico escritorio. (Pretendo digerirla con la parsimonia de una boa que se ha merendado un jabalí… o dos).
El hecho cierto es que tenía las patas contraídas, permanecía impertérrita, nada se movía en ella. Ni tan siquiera la tormenta a medida que le fabriqué con mis ex fumadores pulmones, rompió su quietud. El diagnostico era obvio, mi octopataria amiga había sucumbido el peso narrativo de la literatura decimonónica rusa.

Me decidí pues a deshacerme de tan minúsculos restos mortales, utilizando los siempre impagables servicios de un clínex, pero la borra de café se puso en pié y desapareció fugazmente, ocultándose en algún callejón oscuro de la megalópolis de mi escritorio, cerca del barrio de los libros por leer.

He aquí mi grata sorpresa, cuando pasadas unas horas ya de vuelta en mi escritorio, la vuelvo a ver allí, en la misma posición (página más, página menos), ocultando lo que me pareció una contagiosa sonrisa burlona. No pude por menos que darle un nombre, y se me ocurrió que si tanto apreciaba la novela, le daría el nombre de un personaje, así que supuse que Marmeladov le gustaría.

Decidí darle un tiempo para que ahondara en la complejidad psicológica de los personajes de la obra, así que no quise variar un ápice la posición de la misma para no asustar a mi escurridizo camarada. Y así transcurrieron casi dos días en los que Marmeladov seguía enfrascado en la novela, lo que visto en tiempo arañil es toda una vida dedicada a la literatura.

Confieso que no pude resistir la tentación de repetir el experimento. Volví a azuzar al camarada, esta vez con más respeto ya que no en vano compartimos gustos literarios, y créanme si les digo que se dio igual resultado. No sé cuánto vive de media un Marmeladov domestico común, pero no me negaran que cuatro arácneos días enteros de intensa lectura es algo impresionante.

¿Cuánto tiempo le quedará para buscar una arañita domestica común, echar su polvete domestico común, crear una prole domestica común a la que alimentar e inculcar su amor por lectura domestica no tan común?

Con todas esas dudas rondando mi cabeza, decidí empujar a Marmeladov hacia su destino domestico común, creí que debería experimentar la vida real, y no hacerlo a través de una novela. Esta vez la asuste de verdad, con un mini taco de billar la zarandeé, la perseguí y la acosé hasta asegurarme de que perdió de vista el edificio erigido por Dostoievski.

¡Adiós amigo Marmeladov! ¡Suerte camarada! Sé que no estarás sólo, ya que el desierto cultural al que te empujo tiene problemas de superpoblación.

Si vale, está bien, ya sé que tengo por costumbre cenar ante el ordenador, lo cual siempre deja restos hanselygretelianos, que pudieron ser usados por el astuto Marmeladov como cebo para atraer a algún otro ejemplar de fauna doméstica.

Nunca sabré, si quizá Marmeladov fue lo más cerca que estado de un documental del nacional geographic, o si tal vez fue lo más cerca que estado alguna vez de una sesuda tertulia literaria al estilo decimonónico.